Walter Benjamin: periodismo y espectacularización de la política

21:22:00




Sólo entonces advertí que tanto el escenario como los actores pecaban de una teatralidad excesiva y de una exageración en lo falso que me parecieron intencionales.

Leopoldo Marechal
Adán Buenosayres


Comenzaba a emerger la teoría sobre los medios técnicos de reproducción en relación con la manipulación de masas y Walter Benjamin, percibía ya, su influencia en la configuración de la imagen política. Ésta comenzaba a buscar condiciones controladas y controlables de exposición pública: aspiraba «a la exponibilidad de actuaciones comprobables, hasta supervisables, bajo unas concretas condiciones sociales» (2008:32). 

Este ser para el aparato técnico de reproducción, fragmenta todo atisbo de autenticidad, en un montaje escénico que se efectiviza hoy en día en la televisión, los periódicos, la radio y las redes sociales. 

Al ser el político un producto que se rige por las leyes de la mercadotecnia, genera, a menudo, una profunda crisis de representación. Sus seguidores suelen experimentar, a posteriori, el divorcio entre el packaging adquirido en la campaña electoral y el contenido de las políticas ejecutadas en favor de los poderes hegemónicos y fácticos que llevaron al éxito al candidato: políticas que suelen operar en detrimento de amplias y crédulas mayorías.

En este sentido, Benjamin sostiene que «la crisis de la democracia se puede comprender como una crisis de las condiciones de exposición del hombre político» (2008:32). Debido a esto, en un contexto en que los medios de comunicación han desplegado una intromisión permanente en nuestro tiempo y espacio vital a través de los dispositivos electrónicos de consumo de información, no parece casual la emergencia cada vez mayor de outsiders políticos coucheados por profesionales en el manejo de las técnicas de la exposición pública.

Esa operación técnico-sociológica, se realiza en la actualidad a partir de variables estadísticas que determinan una calibrada construcción del discurso en base a múltiples encuestas de opinión pública. El político se transforma, así, en un ser proteico que se va amoldando a ella sin temor a la flagrante contradicción. Es así como danza en los vaivenes dialécticos que confrontan aquello que los medios masivos logran instalar en su agenda conservadora y lo que tracciona la inercia psicosocial de reivindicaciones históricas precedentes. Este cinismo camaleónico es, y cualquiera que se dedique a la política lo sabe, indispensable para la supervivencia o el ingreso en las ligas mayores del Estado.

Mediante esta maquinaria, los medios y los publicistas van forjando una circularidad vacua: entrenan gestos y slogans vacíos, que se retroalimentan de encuestas y operadores, haciendo los ajustes y volanteos que fueran necesarios al tiempo que la oposición aprovecha el registro permanente de cada expresión, para exponer las contradicciones y desgastar el constructo artificial. De este modo esquizoide se forjan ciertos estereotipos de lo que debe considerarse «un político», segmentado por territorios, edades, clases sociales, etc. 

En consonancia con esa construcción controlada y guionada de la exposición pública, Benjamin ve la emergencia del periodismo en los medios masivos a partir de una intrínseca relación con la actividad hegemónica ante la cual prosterna sus ideas: «El periódico es un instrumento del poder. Y su valor deriva del carácter propio del poder a quien sirve; pues el periódico es expresión de éste, y no sólo en aquello que defiende, sino en la manera en que lo hace.» (2007:351)

Debido a este incipiente vasallaje instrumental, ya entreveía Benjamin la profunda asimetría existente entre la supuesta función del periodismo –dar cuenta de los acontecimientos– y su verdadera tarea: la de crear «la realidad» para la consecución de intencionalidades políticas y económicas específicas:

La prensa no es un siervo –¿cómo iba un siervo a reclamar y obtener tanto?–, sino ya el acontecimiento. Así, una vez más, el instrumento se nos escapa de las manos. Pues hemos puesto al hombre que debe avisarnos de que hay un incendio, y que debe ocupar el lugar más bajo en el Estado, por encima del mundo, así como del incendio y de la casa, y aun por encima de los hechos y de nuestra misma fantasía. (2007:351)

Esa fantasía que nos inoculan y suponemos nuestra opinión, esa fantasía que conforma «la realidad» de los hechos, opera por precisión quirúrgica o por saturación, cada vez más por saturación:

Pues ahora y aquí no hay esperanza mientras cada destino aterrador, cada destino oscuro, sea discutido en sus detalles una hora tras otra por la prensa, analizado en sus causas más ficticias y en sus más ficticias consecuencias, lo cual no nos ayuda a conocer esas oscuras fuerzas a que nuestra vida está sujeta. (2010:37)

El exceso de información ficticia y el exceso de detalle –hoy multiplicado al infinito por la necesidad de una programación televisiva o radial continuada y una actualización permanente de los periódicos online–, nos aparta de las causas centrales que atañen a las problemáticas sociales más urgentes. Esa obnubilación ideológica, que llega a su punto máximo con las coyunturales operaciones de prensa, se amplifica hasta límites insospechados con las redes sociales y su conexión con centros logísticos instauradores de tendencias y fake news que se viralizan en segundos. Esa obnubilación de querer estar informado y opinando de forma permanente es la que no nos permite tomar la distancia analítica suficiente para detenernos a reflexionar e investigar más allá de la agenda, más allá de la construcción ficcional de lo que deberíamos discutir y pensar, de forma urgente pero meditada.


Bibliografía

Benjamin, Walter (2007) “Karl Kraus” en Obras II, 1, Madrid: Abada, págs. 341-376

––– (2008) "La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (primera redacción)" en Obras I, 2, Madrid: Abada, págs. 9-47

––– (2010a) “Calle de dirección única”, Obras IV, 1, Madrid: Abada, pp. 23-89

You Might Also Like

0 comentarios